Será que me estoy haciendo viejo…

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A mí lo que me jode, con perdón, es que como adalid y abanderado de la causa de la libertad de expresión para los artistas de este país se nos haya erigido un tipo cuya supuesta obra artística es zafia y falta de gracia y talento. Lo que no es de extrañar en una época como la actual en la que cualquier chuminada es elevada  a la categoría de arte. Sin embargo, y a pesar de que yo personalmente lo mandaría encantado a hacer puñetas, no estoy seguro de que ese tipo –el tal Pablo Hasél– merezca la cárcel por su mala lengua, su pésima educación y su deprimente gusto.

Debates jurisprudenciales y filosóficos aparte, yo creo que en España no tenemos problema respecto al ejercicio del derecho a decir lo que se nos antoje y cuando se nos antoje, más allá de unos cuantos casos puntuales que son los que generan controversia e invitan a la reflexión sobre la necesidad de llevar a cabo algún cambio en nuestro ordenamiento jurídico para adecuarlo a los tiempos que corren.

No existe ninguna limitación y cortapisa, salvo para las excepciones contempladas en la legislación vigente. Leyes que han sido aprobadas, dictadas y promulgadas de acuerdo con los cauces legales y democráticos de los que disponemos y que pueden ser modificadas a través de esos mismos cauces.

Cosa distinta es que se esté o no de acuerdo con todos los preceptos de dicha legislación y con la interpretación que de ellos puedan hacer los jueces. Como calificar como punibles penalmente determinadas manifestaciones y dejar sin castigo otras de similar naturaleza.

Parece claro que la cuestión no está tanto en las excepciones –aunque cuantas menos mejor– como en la proporcionalidad de las condenas para quienes se las pasan por el forro y las infringen. No es de recibo que por proclamar a los cuatros vientos una burrada, por muy burrada que sea, se pueda acabar en la cárcel y haya gente que se va de rositas después de haber cometido delitos que resultan más escandalosos y alarmantes desde el punto de vista ético y social.

No obstante, no ha de olvidarse que el derecho a expresar y transmitir lo que nos venga en gana no es absoluto y no está por encima de los demás derechos inherentes a las personas. Ni ha de olvidarse tampoco algo que a mí me enseñaron en la escuela hace ya mucho, cuando no era más que un mozalbete imberbe. A saber: que la libertad de uno termina donde empieza la de los demás.

En fin… Será que me estoy haciendo viejo…

Punto y seguido…

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