8-M

Estos últimos días he flipado, y no precisamente en colores, con  la que se ha montado en torno a la conveniencia o no de las manifestaciones en Madrid con motivo de este 8 de marzo que ya dejamos atrás.

La tesis de una parte del Gobierno respecto a este debate no había por donde cogerla. Aunque la realidad es que las posturas disonantes del sector del Ejecutivo que representa a Unidas Podemos no son nada nuevo, lamentablemente. Y digo lamentablemente, porque, a pesar de que son buenas, un exceso de discrepancias genera inestabilidad, además de demasiado ruido, y, lo que es peor, otorga argumentos para la crítica feroz  a los adversarios políticos.

Con la que nos ha caído y nos puede continuar cayendo como consecuencia de la pandemia que sufrimos, que nos pongamos a perder el tiempo con la política simbólica de gestos –no digo que innecesaria– en vez de centrarnos en lo concreto no hay quien lo entienda. Bueno, sí hay quien lo entiende y hasta lo comparte, pero doy por hecho que son los menos.

¿Desde el punto de vista estrictamente sanitario era oportuno que se celebraran concentraciones precisamente en la capital de España, que es donde ahora mismo se registran los peores datos de incidencia de la covid-19? Parece ser que no, que no lo era, a juicio de los expertos en epidemiología. En 2020 no sabíamos nada de este coronavirus ni de sus terribles efectos. Pero ahora sí que lo sabemos.

Sin embargo, lo patético del asunto es que quienes han defendido que las manifestaciones en Madrid se llevaran a cabo lo hayan hecho apoyándose en que otras muchas han sido autorizadas y han tenido lugar a lo largo del último año, entre ellas las de la ultraderecha, que más escuecen, olvidando clamorosamente que un error no puede servir de justificación para cometer un error aún mayor.

Por suerte, para los que estamos del lado de la igualdad real, el poder de convocatoria del Día Internacional de la Mujer en la principal ciudad del estado español excede el de otras causas y, precisamente porque esto es así, con más razón debía actuarse con la máxima prudencia. No solo por una cuestión de salud pública, que era lo primordial, sino para proteger el feminismo de sus perversos detractores.

Si en este 2021 no hemos podido festejar la conmemoración del 8-M como nos hubiera gustado y como la ocasión se merece, tampoco pasa nada. No se va a acabar el mundo por ello. Hay muchas otras maneras de reivindicar los derechos de las mujeres y no solo en una fecha señalada del calendario, sino a diario, si tomamos conciencia y nos lo proponemos.

Punto y seguido.

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