Hasta el más tonto hace relojes…

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A mí que ciertos youtubers famosos hayan decido trasladar sus domicilios fiscales a Andorra, como se comenta en las noticias, para pagar menos impuestos, es algo que, la verdad, me fastidia. No me quita el sueño, pero me fastidia.

No solo por el daño que infligen a la sociedad que les ha amparado y les ha brindado la posibilidad de formarse y labrarse un porvenir de éxito, sino también por su insolente chulería y su irritante soberbia.

Todos debemos buena parte de lo que somos a nuestra comunidad. Ningún hombre se hace a sí mismo. Eso no es más que una frase muy manida que un día se le ocurrió a alguien para ensalzar el individualismo más radical y el liberalismo a ultranza, pero es mentira.

Nadie alcanza el éxito sin el apoyo, sin la complicidad, sin la confianza o el beneplácito de la colectividad a la que pertenece, sin las reglas de un mercado y sin la protección y la seguridad que proporciona el estado. Incluso hay quien consigue llegar a la cima no gracias sino a costa de los demás. Por eso se apela, y debería apelarse aún más, a eso que se ha dado en llamar responsabilidad social de las empresas.

Sin embargo, no es de extrañar que estos jovencitos gurús, que se educaron en la comodidad y la abundancia y que se han hecho de oro aprovechando las nuevas tecnologías, opten por burlarse de la hacienda pública. Y menos aún en esta España nuestra. No porque aquí se paguen demasiados tributos, como denuncian algunos, cosa que, por cierto, es absolutamente falsa, sino porque nos sigue faltando todavía mucho de conciencia cívica. ¿Qué se podía esperar de un país en el que el princeps primus inter pares, o séase el rey, peca de tramposo en lo que se refiere a rendir cuentas y hasta el más tonto hace relojes?

Ahora bien, en el caso que nos ocupa me fastidia aún más –lo reconozco– que los protagonistas sean unos niñatos friquis y malcriados que se han forrado y continúan forrándose explotando ese crecimiento exponencial de la imbecilidad que se ha registrado en la última década con la eclosión de las chorradas y las fruslerías que se transmiten por las redes sociales, esas mismas redes sociales que nos están volviendo a todos, o a casi todos, un poco majaretas.

Punto y seguido.

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