Información versus confusión

Damos por sentado que la información es siempre útil, y cuánta más, mejor. Desde la premisa de que disponer de ella nos facilita la toma de decisiones. Sin embargo, esto no es siempre así. De hecho, el exceso de información puede producir, en ocasiones, el efecto inverso y enturbiar la realidad en vez de clarificarla. Una sobreabundancia de datos colapsa nuestros sentidos y nuestra capacidad cognitiva hasta generar confusión en lugar de incrementar nuestro conocimiento.

Vivimos en una sociedad en la que estamos siendo continuamente bombardeados por mensajes desde todas las direcciones habidas y por haber y esta circunstancia hace que nos resulte más difícil distinguir lo verdadero de lo falso.

Hemos construido el escenario ideal para que proliferen los bulos. Y también para se dificulte aún más la ya de por sí complicada tarea de diferenciar entre el bien y el mal, por aquello de que, como ya sabemos, lo que es bueno para algunos puede ser malo para otros, en virtud de un relativismo moral que resulta bastante peligroso y contra el que la humanidad todavía está lejos de alcanzar el mínimo consenso necesario para ponerse salvo de los riesgos que entraña.

Se han multiplicado las fuentes, pero esta multiplicación no ha redundado en la calidad y la veracidad de los contenidos, sino todo lo contrario. La pandemia de covid-19, como todas las grandes crisis, nos ha puesto una vez más de relieve este estado de cosas. Tenemos opiniones para todos los gustos y entra tanta opinión la importancia de la autoridad, que hasta no hace mucho era capital para el avance del saber, se nos queda en un segundo plano, lo que permite que haya bastante impostor suelto al que el vulgo otorga una credibilidad infundada.

Impostores y lunáticos que se inventan o dan pábulo irresponsablemente a conspiraciones de lo más inverosímiles mientras se presentan como únicos adalides de la verdad. De manera que más nos vale estar muy alertas, no creernos a pie juntillas todo cuanto vemos, escuchamos o leemos y agudizar nuestro espíritu crítico.

No quiero decir con todo esto que haya que censurar y limitar el derecho a informar. Nada más lejos de mi intención. Pero sí llamar la atención sobre la necesidad de que al menos los grandes medios de comunicación que se tienen por “serios” y manejan el cotarro contrasten debidamente y con el máximo rigor posible todo lo que divulgan como noticia, y muy especialmente en temas delicados en los que no ha lugar ni para la frivolidad ni para la fruslería.

Punto y seguido.

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