Moderación versus radicalismos

Democracia

Suele decirse que es preferible la moderación a los radicalismos. Y podemos darlo por cierto. Sobre todo, si tenemos en cuenta las connotaciones peyorativas que históricamente se le han atribuido a lo que significa posicionarse en la radicalidad, ya sea política, ideológica, religiosa o filosófica.

De hecho, un servidor, aplicándose el cuento, trata de manifestarse y comportarse como un moderado en ejercicio, que es lo que se estila, además, aunque haya veces que el alma de rebelde que lleva dentro le traicione.

En la Antigua Roma el modelo de templanza de ánimo en la arena de la res publica lo encarnaba el insigne Marco Tulio Cicerón… Pero, claro, el Arpinate, aparte de ser el principal referente intelectual de su época, recordado y admirado más de dos mil años después de su muerte, era un hipócrita redomado…

El ilustrísimo orador se convirtió en el gran valedor de aquella afirmación que dejara sentada Aristóteles en su “Ética a Nicómaco” –“En medio de los extremos está la virtud”– que hoy sigue estando al día y resultándonos de utilidad.

Es lógico. La verdad, si existe, no es patrimonio de nadie y, al igual que ocurre con los colores, está llena de tonalidades y matices. Tanto, que depende, como se sabe, del prisma con el que se la mire.

Ahora bien, todos los radicalismos no son iguales. Los hay que son perversos y los hay que son buenos y hasta deseables. Es más, aseguraría que hay algunos que son incluso necesarios para beneficio de la Humanidad.

Desde mi percepción y concepción del mundo y de la vida, creo que existen causas ante las que no caben las medias tintas y, por tanto, no queda otra que actuar de forma drástica, firme y tajante.

Frente a la intolerancia, frente a la xenofobia y el racismo, frente a la homofobia, frente a la violencia contra las mujeres, frente a la insolidaridad, frente a las injusticias, en general… Contra el hambre y la pobreza extrema, por la paz, la extensión de derechos y libertades, por la defensa y protección de nuestro medio ambiente… No hay más alternativa, convencido estoy de ello, que la de ser radical y hacer gala de una pizca de espíritu revolucionario. Al menos, eso es lo que yo creo.

Punto y seguido.

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