La patria según Rajoy

No, la afirmación efectuada por M. Rajoy sobre la selección francesa de fútbol, que tanto ha dado que hablar en las últimas semanas, no es producto de ningún desliz. Y tampoco es sólo un chiste fruto de su ingenio, aunque se vista como tal. La burla, cargada de mucha sorna, con la que el expresidente del Gobierno se refiere a la supuesta escasa representatividad de las esencias de la nación gala por parte de los miembros del combinado francés que ha participado en el Mundial de Estados Unidos constituye una manifestación más de la ideología ultraconservadora que en realidad profesa y que se oculta tras la falsa imagen de liberalidad y moderación con la que la derecha española a veces se disfraza para facilitar su acceso al poder.

En el fondo, lo que se desprende de las palabras de Rajoy es una concepción racial del Estado, propia de siglos pasados y que, erróneamente, creíamos ya superada, para bien de la humanidad. Lo que hace con su chascarrillo sobre el origen de los jugadores franceses es reivindicar, aunque sea de forma implícita, el color de la piel y la etnia como criterios definitorios de la identidad nacional. Al tiempo que pone en solfa los fundamentos del Estado moderno, basado en el ejercicio de la ciudadanía, una de las grandes conquistas de la civilización occidental, alumbrada por la Revolución Francesa y desarrollada a lo largo de los siglos XIX y XX. Cosa que llama la atención, teniendo en cuenta que, en más de una ocasión, mientras ocupaba el cargo, el exmandatario del PP apeló a la Europa de los ciudadanos frente a la de los pueblos para confrontar con los incómodos nacionalismos periféricos existentes en España.

El derecho de ciudadanía, pilar de toda sociedad democrática que se precie, es un concepto que esbozaron los griegos y heredaron los romanos para extenderlo y aplicarlo, de forma muy sui generis, a los distintos rincones de su vasto imperio. Pero es que incluso el régimen de Franco —modelo en el que, por cierto, aún se inspira buena parte de la derecha de este país— no tuvo reparos en reconocer como españoles a personas de distinta tez, como los saharauis, por ejemplo. De manera que no es, en modo alguno, un invento de los rojos o de la progresía más radical.

No obstante, yo no creo, y lo digo honestamente, que el señor Rajoy pueda ser calificado de racista o de extremista únicamente por el comentario que escribió días atrás sobre la selección francesa de fútbol. Lo que ocurrió, sencillamente, es que exteriorizó un prejuicio muy arraigado y extendido que, de forma consciente o inconsciente, comparten también, por desgracia, muchas personas que se consideran de izquierdas. Y ya se sabe que, con los prejuicios, las bromas, mejor las justas, en los tiempos que corren.

Europa Sur, 22 de julio de 2026

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