Cierro el ciclo de artículos dedicados desde este espacio al fenómeno migratorio con una última reflexión destinada a desmontar otro de los falsos mitos que la derecha y la ultraderecha utilizan para justificar sus posiciones sobre esta cuestión. Confío en que el lector disculpe mi insistencia, pero estoy convencido de que, si queremos hacer de este mundo un lugar algo más justo, no podemos bajar la guardia. Frente a la «prioridad nacional» que pregona Vox, hay que seguir defendiendo siempre, como el Papa, la prioridad humana.
El mito al que me refiero sostiene que la emigración española fue siempre ordenada, regulada y ejemplar, en contraste con una inmigración actual supuestamente caótica y descontrolada, consecuencia —según ese relato— de gobiernos demasiado laxos con quienes proceden de fuera.
La historia, una vez más, desmiente esa versión. La inmensa mayoría de los españoles que emigraron entre las décadas de 1950 y 1970, y muchos de los que volvieron a hacerlo tras la crisis de 2008, abandonaron el país empujados por la pobreza, la precariedad o la ausencia de expectativas, no gracias a un eficiente plan institucional. La emigración española fue, sobre todo, una diáspora de trabajadores que buscaban un futuro mejor, no el resultado de un modelo idealizado que hoy se invoca para desacreditar a quienes llegan a España.
Tras la Guerra Civil y durante la autarquía franquista, miles de españoles emigraron de forma irregular hacia América Latina y diversos países europeos. Muchos partieron sin contrato de trabajo, sin apenas apoyo estatal y con la esperanza como único equipaje. Otros escapaban, sencillamente, de la represión política.
Es cierto que, a partir del Plan de Estabilización de 1959, España firmó acuerdos bilaterales con Alemania, Francia, Suiza o Bélgica para canalizar parte de esos flujos. Pero eso no impidió que centenares de miles de personas siguieran marchándose por su cuenta y regularizaran posteriormente su situación en el país de destino. Entre 1960 y 1973 emigraron más de dos millones de españoles, muchos procedentes del medio rural, con escasa cualificación y sin redes familiares que facilitaran su integración.
La historia volvió a repetirse tras la crisis de 2008. Miles de jóvenes cualificados hicieron las maletas rumbo a Europa, no para vivir la supuesta “movilidad exterior” de la que hablara la entonces ministra Fátima Báñez para maquillar el grave problema del desempleo juvenil, sino para escapar del paro y la falta de oportunidades.
Parece que, para algunos, los trabajadores españoles nunca emigraron por necesidad, sino por placer o por estar muy cotizados más allá de nuestras fronteras, mientras que los extranjeros que aquí vienen ni siquiera son trabajadores, sino peligrosos e indeseables invasores. ¡Cuánta hipocresía!
Europa Sur, 6 de julio de 2026

