A vueltas con la pandemia de covid-19

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Está más que constatado que el covid-19 ha tenido efectos diferentes respecto a su intensidad en cada país desde marzo hasta la fecha.

Ciñéndonos al caso de Europa, resulta evidente que el nuestro ha sido uno de los más castigados, nadie puede discutirlo. Pero tampoco puede discutirse que esa alta incidencia obedece a posibles causas objetivas que nada o poco tienen que ver con  los errores cometidos desde el Gobierno

No debemos olvidar que España, como una de las primeras potencias turísticas del mundo que es, se ha destacado siempre por una alta movilidad -llegada de viajeros desde todos los rincones del planeta- y, sobre todo, por la importancia y repercusión del sector hostelero. Lo que ha podido ser determinante, quizá no ahora, aunque sí al comienzo de la pandemia y durante la desescalada del verano.

Resumiendo muy mucho, algunas de esas posibles causas podrían ser las que siguen:

La falta de recursos y de preparación de un sistema sanitario que, aun siendo bueno, en los últimos 10 años ha sufrido demasiados retrocesos debido a los recortes justificados por la crisis, en particular en Madrid y Cataluña.

La descoordinación producto de la organización territorial del estado y la descentralización. (Yo soy un defensor de las autonomías, pero es verdad que, ante esta emergencia sanitaria, unos y otros han armado un guirigay de tres pares de cojones. Alemania también es un país con una administración descentralizada y, sin embargo, eso no les ha supuesto ningún obstáculo. En España todavía no nos hemos podido librar del fantasma de nuestro espíritu cainita).

Nuestra cultura, nuestras costumbres y nuestros hábitos han facilitado igualmente, con toda probabilidad, la transmisión del virus, porque, no en vano, somos una tierra de gente muy sociable, a la que le gusta la calle, los saraos y que no rehuye el contacto.

 O nuestro entramado social, basado en la presencia de fuertes vínculos intergeneracionales, que, sumado a la escasa emancipación de nuestros jóvenes, por motivos económicos, hace que seamos uno de los países con más hogares plurifamiliares en los que conviven abuelos, padres, hijos y nietos, cosa que, evidentemente, no ha ayudado ni ayuda para afrontar el problema, sino todo lo contrario.

Aunque es cierto también que el bicho de marras ha tenido y tiene, dicho sea entrecomillas, un comportamiento que ha roto y continúa rompiendo los esquemas de la Organización Mundial de la Salud y de todos los epidemiólogos habidos y por haber.

Cuando la tormenta, pase, si es que pasa, y la situación se normalice, si es que alguna vez se normaliza, podrá llevarse a cabo un análisis sosegado de todo cuanto ha ocurrido y extraerse conclusiones claras y útiles de cara al futuro. Entretanto, no deberíamos fustigarnos tanto como nos fustigamos, sino mirar más a los países de nuestro entorno. El mal de muchos se considera consuelo de tontos, sí, pero es un consuelo, a fin de cuentas.

Punto y seguido.

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