Tesis

Dibujo de Pedro SánchezTal es, como ya se sabe –o se supone que se sabe– el título de la opera prima (en versión largometraje) de Amenábar con la que ya apuntó las maneras del gran cineasta en el que habría de convertirse, para alegría y satisfacción de la cinematografía hispana. Obra de suspense con asesinato incluido.

Y, miren por donde, tal podría serlo también de ese capítulo de nuestro espectáculo político nacional, deprimente y desolador, al que, queriéndolo o sin querer, asistimos a diario. No solo porque, como en la película mencionada, el acto presente de la gran tragicomedia con la que nuestros representantes públicos a nivel de estado nos indignan más que nos deleitan cada día se centra en un trabajo fin de doctorado, en este caso el del presidente del Gobierno, sino porque, como en el film, en el teatro de nuestra arena política también se prodiga una cierta violencia –aunque verbal, solo nos faltaba– y un afán por matar, liquidar a Sánchez, dicho sea en sentido figurado, obviamente, para borrarlo del mapa, con urgencia y cuanto antes.

Ahora bien, comparar el caso de la tesis doctoral del presidente del Ejecutivo con los casos de Cifuentes y Casado es toda una perversidad, por mucho que la derecha mediática y sus afines se empeñen. Y no creo que haga mucha falta explicarlo. Pues, como se comprenderá, una cosa es que el trabajo académico de Pedro Sánchez pueda ser –no estoy afirmando que lo sea– un “churro”, como se dice en mi pueblo, aunque cumpla con todos los estándares de exigencias habidos y por haber, y otra cosa muy distinta que el trabajo de tal naturaleza no exista siquiera y encima se mienta al respecto, como parece ocurre en los casos de la expresidenta de la Comunidad de Madrid y el nuevo presidente del PP.

¿Conocen ustedes cuántas tesis doctorales se realizan y publican cada año en España? Imagino que no. Y yo tampoco. Pero seguro que son miles. ¿Y conocen ustedes cuántas de esas tesis doctorales trascienden del interés puramente académico? Supongo que no, igual que yo. Mas apuesto lo que quieran a que son muy pocas, por no decir casi ninguna. Lo cual no es de extrañar en un país en el que se lee cada vez menos y en el que la investigación –excepto la policial y la judicial– está bajo mínimos.

¿Qué es lo que pretendo significar con esto? Muy sencillo: que no es igual presumir de un trabajo fin de doctorado malo, o malísimo, y además sospechosamente sobrevalorado, pero elaborado y presentado con todas las de ley (ni de un libro más o menos cutre basado en el mismo), que presumir de trabajos ficticios y, para colmo, sacar pecho.

Claro que toda esta historia sobre la tesis del presidente Sánchez y sobre los másteres hechos o dejados de hacer no es más que la expresión de la pésima derivada que ha tomado en nuestra sociedad la Educación desde hace décadas. Consecuencia de lo que en Sociología se llama el fenómeno del credencialismo. O, dicho en castizo, el exceso de titulitis que padecemos. Todo sea para aparentar, por aquello de que vivimos en un mundo en el que lo que prima es la apariencia. En definitiva, la mercantilización del sistema educativo: esto es, la conversión de la docencia en negocio y la concepción de la formación como un mero producto más de consumo.

Viva Campo de Gibraltar, 24 de septiembre de 2018

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