Imposiciones de la Realpolitik

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En materia económica es verdad que se pueden diversificar las inversiones para reducir o limitar los riesgos; sin embargo, en otros ámbitos de la acción política repartir los huevos en distintas cestas para que no todos se rompan en caso de accidente no es siempre posible, y cuando hablamos de las relaciones exteriores menos aún.

Los estados integrantes de la comunidad europea habían hecho de esa prudente praxis diplomática casi un arte que dificultaba, por cierto, el desarrollo de una política exterior conjunta de toda la Unión. Pero esta situación ha cambiado, o, mejor dicho, está cambiando, fundamentalmente con motivo de la guerra en Ucrania.

En un mundo en el que desde el sueño inconcluso del multilateralismo se está volviendo al enfrentamiento bilateral de dos grandes ententes, jugar a dos o tres bandas se ha convertido en algo harto difícil para los países europeos. Tan difícil como lo pone de manifiesto el hecho de que ya estén a punto de desaparecer de escena la figura de los neutrales o no alineados.

Hasta el fin de la Guerra Fría en 1991 el tablero se dividía entre regímenes capitalistas, con sus afines, y regímenes comunistas, o procomunistas, con sus aliados; desde 1991, tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS, hasta 2001, período de una cierta distensión, entre el protagonismo de contendientes varios al norte, sur, este y oeste del globo terráqueo velando por sus zonas de influencia; desde 2001 –a partir de los atentados del 11 S– hasta 2014, entre los que promovían el terrorismo –los del llamado “Eje del Mal”– y los que supuestamente lo combatían, y desde 2014 –a partir de la invasión rusa de Crimea– hasta la fecha, entre las democracias liberales de Occidente, lideradas por Estados Unidos, y un conglomerado de regímenes autoritarios encabezados por Rusia, Corea del Norte y China, más sus adláteres.

A pesar de esto, los estados europeos llamados a desempeñar un papel más o menos importante o notable en el concierto internacional podían romper la dinámica de la confrontación en función de su posición geoestratégica y de sus propios objetivos, rebelarse contra la dualidad y de esta manera estar en misa y repicando a un mismo tiempo.

No obstante, tras el ataque ruso contra suelo ucraniano del pasado mes de febrero, las potencias europeas –aun con alguna que otra resistencia– no han tenido más remedio que tomar partido, y en tal tesitura su capacidad de maniobra se ha estrechado, porque las estrategias de las medias distintas ya no les valen como les valían antes.

Por primera vez en su historia, Europa parece que se apresta a construir un frente común. La pseudodemocracia –o dictadura– postsoviética ha obrado el milagro, aunque, eso sí, a un precio excesivamente elevado, como lo está siendo el terrible y sangriento conflicto bélico, de consecuencias impredecibles, que se dirime en el corazón del Viejo continente.

En este contexto se deben analizar y entender, por tanto, los movimientos que en política exterior ha llevado a cabo el Gobierno español y que, pese a los errores cometidos, tendrían que ser apoyados, si no por todo el arco parlamentario, que ya sería demasiado pedir, al menos por el principal partido de la oposición, dada su declarada vocación atlantista, y más aún teniendo en cuenta las disensiones que al respecto existen dentro del Consejo de Ministros procedentes de Unidas Podemos.

La decisión de retomar la buena sintonía con Marruecos es, por ejemplo, uno de dichos movimientos, aunque haya sido a costa del olvido de la causa saharaui y el desencuentro con Argelia. No solo los intereses nacionales –España es el primer proveedor y el primer cliente del reino alauita– sino también las exigencias de la nueva dinámica de bloques han obligado a ello.

En 2007, siendo presidente del Ejecutivo español José Luis Rodríguez Zapatero, Madrid reforzaba lazos con Rabat –dando un giro a su posición sobre el Sáhara Occidental– y al mismo tiempo podía entenderse con Argel sin que se produjeran fisuras de calado en las relaciones españolas con la república argelina. En 2022, sin embargo, las dos posturas ya no son compatibles. Marruecos está dentro de la órbita del bando occidental conformado por Estados Unidos, Europa y la OTAN, y Argelia, por su parte, o el gobierno argelino, para ser más exactos, en la del bando opuesto que contemporiza con Putin y compañía.

Imposiciones de la Realpolitik, guste más, guste menos. Así de complicado y así de simple.

Hora Sur, 14 de junio de 2022

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