La regularización de migrantes aprobada por el Gobierno ha reabierto un debate tan recurrente como contaminado por mentiras y bulos.
Europa no tiene tanto un problema migratorio como un problema demográfico. Y no es una cuestión de percepciones, sino de pura aritmética. Las proyecciones de la Comisión Europea llevan años advirtiendo de un déficit creciente de población activa que, de no corregirse, comprometerá tanto el crecimiento como la viabilidad del estado del bienestar. En ese contexto, la inmigración no irrumpe como anomalía, sino como respuesta.
También en España los datos invitan a matizar no pocos lugares comunes. El Banco de España señala que en torno a una cuarta parte del crecimiento reciente del PIB guarda relación con la aportación de la población extranjera, con efectos apreciables sobre la renta per cápita. El Banco Central Europeo apunta en la misma dirección: buena parte del empleo creado en los últimos años lleva acento foráneo.
No se trata de una impresión, sino de una tendencia sostenida. Los afiliados extranjeros a la Seguridad Social superan los tres millones y rondan el 14 % del total de cotizantes, con un peso decisivo en el empleo generado desde la última reforma laboral. Más que un fenómeno coyuntural, estamos ante un cambio estructural.
A ello se añade un elemento poco subrayado: el factor demográfico. En un país envejecido, la población inmigrante presenta un perfil más joven, concentrado en edades laborales. No resuelve por sí solo el problema, pero introduce equilibrio, y lo hace, además, en un mercado de trabajo cada vez menos encasillado.
Tampoco en el ámbito sanitario los datos avalan algunos discursos extendidos. La evidencia apunta a un menor uso relativo de los servicios de salud por parte de la población extranjera, en buena medida por su edad. No hay base sólida para sostener que la inmigración esté detrás de un eventual colapso del sistema.
Pero incluso si los números no fueran tan claros, habría una razón más profunda. Una sociedad abierta no puede medir la dignidad en términos de productividad ni convertir la necesidad en criterio moral. La inmigración no es sólo una cuestión de cifras, sino de principios. Al final, todo se reduce a una pregunta incómoda: no cuánto aportan quienes llegan, sino qué dice de nosotros la forma en que los recibimos.
Europa Sur, 4 de mayo de 2026

