¡Cuidado con lo que maquináis!

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El posicionamiento cínico, demagógico y maquiavélico de un sector del independentismo catalán respecto a los atentados de agosto de 2017 y su actitud en el acto de homenaje en memoria de las víctimas es –salvando las distancias– muy similar al que tuvo el Partido Popular ante los atentados del 11-M durante bastante tiempo.

Recurrir a una teoría de la conspiración solo basada en elucubraciones y tratar de dejar en evidencia a las fuerzas de seguridad de forma absolutamente irresponsable es lo que están haciendo una parte de los soberanistas de Cataluña –espoleados por el ejemplo de líderes de muy escasa catadura moral, como la expresidenta del Parlament, Laura Borràs– y es lo que hicieron los populares durante los años que estuvieron en la oposición, ayudados por profesionales  de determinados medios de comunicación de este país a los que aún hoy debería caérseles la cara de vergüenza.

Presentarse ante la opinión pública como víctimas e inventarse complots de los servicios secretos, la policía y los jueces es una estrategia de defensa y de ataque a la vez. Que lo hagan los separatistas para autolegitimarse e intentar deslegitimar a los adversarios constitucionalistas o unionistas es esperable y hasta comprensible, porque no les preocupa que el estado se pueda ir al carajo, todo lo contrario. Pero que lo haya hecho el PP, e incluso tenga tendencia a seguir haciéndolo, debería ser para esta formación otro motivo más, y tiene muchos, de sonrojo.

En el caso de los secesionistas, por desgracia, estamos obligados a reconocer, muy a nuestro pesar, que no andan faltos de algo de razón, a juzgar por lo que sabemos sobre la trama de esa mal denominada “policía patriótica” que operó y campó a sus anchas durante el período en el que de ministro de Interior tuvimos al muy marianista y muy piadoso don Jorge Fernández Díaz. Aunque esto, por supuesto, no justifica, ni muchísimo menos, sus perversas insinuaciones.

En el caso del partido que ahora lidera Núñez Feijóo, la reacción frente a la tragedia de Madrid constituye uno más de los muchos y grandes escándalos que se han registrado a lo largo de la corta historia de la reciente democracia española, en la que también el PSOE de la década de los 80 y 90 del pasado siglo gozó –¡cómo no!– de sus inolvidables momentos de gloria.

Para aquellos que no tengan memoria, o no gusten de conservarla como se debiera, no está de más recordar la campaña de desinformación e intoxicación que, orquestada desde Génova 13, y desde el mismo Gobierno, entonces presidido por José María Aznar, se montó para hacer creer a los ciudadanos desde el minuto uno, tras los atentados de Atocha, que los ataques terroristas de aquel fatídico 11 de marzo de 2004 habían sido perpetrados por ETA cuando todos los indicios apuntaban a que fueron obra de una célula yihadista, tal y como se pondría de manifiesto con la detención y eliminación del comando poco después.

Y no está de más tampoco recordar el comportamiento que los populares exhibieron, una vez desalojados de La Moncloa, durante la instrucción y el juicio, alimentando y difundiendo patrañas infundadas de todo tipo, poniendo en duda la integridad de los servicios de inteligencia, el sistema judicial y los agentes policiales, en definitiva, colocando toda una carga explosiva en los cimientos de su España, esa España que ellos dicen que tanto aman y tanto defienden. Tan es así, que a algunos de sus más destacados representantes solo les faltó acusar directamente a Zapatero y Rubalcaba de colocar en los trenes las mochilas con las bombas.

Tengo entendido que en las facultades de Ciencias Políticas y de Comunicación de algunas universidades anglosajonas de prestigio la gestión en torno al 11-M por parte del Ejecutivo de Aznar se estudia como ejemplo de uno de los intentos de manipulación más burdos que se han llevado a cabo desde el poder en Occidente durante las últimas décadas. Y conste que no me lo estoy inventando.

Pues justo en esas están ahora los independentistas catalanes más radicales. Poco menos que culpando al Gobierno de Rajoy de estar implicado en el atentado terrorista de las Ramblas de Barcelona y el Cambrils de hace cinco años. Una auténtica barbaridad que retrata a quien la esgrime como argumento y también a quienes les dan pábulo.

En política, maquinar conjuras y contubernios que nunca existieron es un arma muy peligrosa de la que, a veces, muchas veces, unos y otros echan mano, desde un falso victimismo, para esconder la verdad, desembarazarse de la culpa propia y tirar balones fuera.

Hora Sur, 23 de agosto de 2022

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