Socialdemocracia a la europea

Dibujo de Pablo Iglesias y Alberto GarzónUnidos Podemos. Esta es la denominación que han elegido Iglesias y Garzón para la coalición con la que las dos formaciones políticas que lideran concurrirán a las próximas elecciones generales del 26 de junio. Aunque yo –la verdad sea dicha– espero que no puedan. Espero que no puedan conseguir su propósito, claro está, que no es otro que ganarlas. Y no lo digo por el señor Garzón, cuyos planteamientos en buena medida no comparto pero me cae bien. Sino por el señor Iglesias, a quien la arrogancia le pierde e incluso tengo para mí que podría perdernos a todos en caso de llegar a la presidencia del Gobierno.

La iniciativa de Iglesias y Garzón no es más que un intento de reinvención de la izquierda de la izquierda. O de la izquierda que hasta ahora había sido minoritaria frente a aquella otra mayoritaria, y con vocación de centralidad, encarnada por el PSOE. Esa opción política representada primero por el PCE, tras la implantación de la democracia en 1976, y por IU, después, que tan solo en dos ocasiones desde las elecciones democráticas de 1977 logró superar, y nada más que por décimas, el 10 por ciento de los votos. Un proyecto que se nos presenta cual nuevo pero que, en realidad, no lo es del todo. Como lo demuestra el hecho de que sea precisamente Julio Anguita el icono elegido para abanderarlo. Históricamente conocido por su tendencia a la confrontación con los socialistas, su discurso un tanto trasnochado y, sobre todo, su permanente oposición al modelo de construcción europea, a pesar de que resulta bastante obvio que la integración en Europa, por muy criticable que pueda considerarse,  es lo mejor que le ha pasado a este país en los últimos cuarenta años.

Quienes les han votado y van a votarles nuevamente discreparán de lo que acabo de afirmar y de lo que voy a añadir a continuación, como es lógico, pero lo que sigue es lo que pienso. No creo que un gobierno presidido por Iglesias o por Garzón le convenga a España. Independientemente de que comparta, como comparto, muchas de sus tesis políticas y de sus recetas socioeconómicas. En el ámbito de la teoría, no en el de la praxis. Pues la experiencia demuestra que la mayoría de esas tesis y esas recetas están, lamentablemente, abocadas al fracaso en el contexto de un mundo cada vez más globalizado como es este en el que vivimos.

Además, soy de los que prefieren la socialdemocracia tal y como la concebimos aquí en Europa –sin duda, francamente mejorable– a la socialdemocracia a la latinoamericana, que parece que es el modelo por el que abogan en sus postulados los podemitas y sus nuevos compañeros de filas. Dicho sea, por supuesto, con todos mis respetos para Latinoamérica y para los hermanos latinoamericanos del otro lado del Charco. Es evidente –a las pruebas no hay más que remitirse– que la primera, la socialdemocracia europea, conjuga con mayor eficacia el respeto a la libertad individual y a la iniciativa privada con la defensa de los intereses colectivos, al tiempo que garantiza unas dignas cotas de bienestar, desarrollo y progreso, que es, en definitiva, lo que a la ciudadanía más le importa.

Viva Campo de Gibraltar, 3 de junio de 2016

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