Las trampas de Rajoy

RajoyEn el momento de redactar este artículo ignoramos si el señor Rajoy aceptará o no el posible encargo del jefe del estado para intentar formar gobierno. Por no saber no sabemos siquiera si el rey, después de concluida la ronda de consultas con los representantes de todos los grupos políticos que constituyen el Congreso de los Diputados, le pedirá al candidato del PP, como fuerza política más votada en las elecciones del pasado 26 de junio, que lo haga. Esto es, que se postule para recabar el apoyo mayoritario de la citada cámara de representantes de la soberanía nacional y presidir un nuevo ejecutivo que reemplace al actual ejecutivo en funciones. Y no lo sabemos porque es incluso probable que el rey no le plantee la propuesta para evitar que don Mariano se la juegue como se la jugó tras los comicios del pasado 20 de diciembre rehusando, como rehusó, someterse a la investidura a pesar de haber sido designado para ello.

Lo que Rajoy hizo tras las pasadas elecciones del 20-D, durante el transcurso de la legislatura más breve de la historia de nuestra democracia, fue una pillería, y muy socarrona, por cierto, que no sorprende viniendo de alguien que lidera un partido en cuyas filas los pillos parecen que campan a sus anchas más que en ningún otro de los que se baten el cobre en el ruedo de nuestra política patria. Pero fue también una burla, una tomadura de pelo, al funcionamiento de nuestras más altas instituciones democráticas, una infracción de las reglas por las que se rige nuestro sistema parlamentario y, desde luego, una falta de respeto a la monarquía y, lo que es más grave, a los ciudadanos. Aunque haya sido premiado por los votantes con más sufragios en lugar de ser penalizado. Algo que, a juicio de quien escribe y suscribe, y teniendo en cuenta todo lo que ha caído, resulta lamentable, decepcionante e incluso indignante. Así que, si volviera a reincidir en esta nueva ocasión, tras las elecciones del 26-J, esto es, si repite su treta, ya pueden hacerse una idea bastante aproximada de la opinión que a un servidor tal comportamiento le merecería, por mucho que lo defiendan los que son y los que no son sus correligionarios. (Vamos, hablando en plata, si tal cosa finalmente volviera a ocurrir, sería la repera).

El encargo para formar gobierno por parte de Su Majestad a cualquiera de los candidatos que optan a la presidencia, en función de sus capacidades, sus posibilidades y los respaldos que concita, es un mandato, no un ruego. Obviamente, el elegido para ese fin puede rechazar tal encargo, ¡faltaría más!, pero al hacerlo, al rechazarlo, como hizo Rajoy después de las elecciones del 20-D, lo coherente y lo honesto es retirarse de la contienda. Actuar de modo contrario supone, aparte de todo lo ya señalado anteriormente, una absoluta falta de responsabilidad hacia el país y hacia su ciudadanía y un deshonor, una afrenta, a la jefatura del estado. En definitiva, es como hacer trampas.

Viva Campo de Gibraltar, 29 de julio de 2016

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