Habemus pactum

Pedro Sánchez y Albert RiveraYa tenemos acuerdo de gobierno. Al menos un primer acuerdo de gobierno, que no es poco. Aunque dicho acuerdo, todavía, no lleve consigo la garantía de la conformación de un nuevo ejecutivo en esta legislatura, un tanto heterodoxa y convulsa, iniciada tras las elecciones del pasado 20 de diciembre. Posibilidad –la de la conformación de un nuevo ejecutivo– que yo no descarto, a pesar de que, a día de hoy, los números no dan para constituir una mayoría más o menos estable ni tampoco para una investidura.

En cualquier caso, a mí el convenio al que han llegado PSOE y Ciudadanos no me disgusta, teniendo en cuenta el contexto y las circunstancias. En una situación y una coyuntura como la actual no creo que sea ni bueno ni razonable –en esto coincido con el candidato socialista a la presidencia del gobierno– que un supuesto bloque integrado por formaciones políticas ideológicamente afines imponga su criterio sobre el otro bloque. No estamos, como dice Sánchez, en tiempos de generar frentes sino de tender puentes, y válgame la rima.

Personas con lumbre, lustre, conocimiento y experiencia, que, además, son destacados líderes de opinión, vienen proclamando desde hace meses la necesidad de recuperar el espíritu que posibilitó la transición desde la dictadura a la democracia –así como la firma de los Pactos de la Moncloa para superar la crisis de finales de los 70 en la que este país se hallaba sumido– y un servidor suscribe dicha tesis. Porque el reto al que se está enfrentando España es al de una segunda transición, que es verdad que aún está por definir, pero que, por causa de esa misma indefinición, también es verdad que no debemos dejar que se nos vaya de las manos. Siempre se ha dicho que la política es el arte de lo posible. Una afirmación que, en realidad, puede calificarse de errónea o más bien incompleta, pero que, obviamente, esta cargada de fundamento. Cargada de fundamento en el sentido de que la acción política, sin perder su componente de idealismo, debe ser pragmática. Y lo debe ser, en definitiva, para que pueda ofrecer utilidad y efectos prácticos a la ciudadanía. Lo demás –permítaseme la expresión– no son más que milongas

Del acuerdo en cuestión una cláusula que parece que ha levantado ampollas en el seno del PSOE es la referida a la eliminación de las Diputaciones. (Y no me extraña). Argumentan los que se oponen a dicha eliminación el desamparo en el que quedarían muchos pueblos pequeños que ahora mismo son los directamente beneficiarios de la existencia de esta institución. Pero ni creo que las diputaciones vayan a desaparecer de un plumazo –sería toda una temeridad– ni creo tampoco que los pueblos pequeños vayan a ser abandonados a su suerte, ni muchísimo menos. Reformar la organización territorial del estado, que no está falta de deficiencias y duplicidades, sin menoscabar la descentralización administrativa, tanto a nivel autonómico como local, sigue siendo aún, para esta España que empezó a reinventarse a sí misma allá por 1976, una asignatura pendiente que ha de superarse y ya es hora de que se haga.

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