En torno a la docencia

Concentración contra la violencia a la entrada del Instituto Sierra Luna de Los BarriosEl pasado jueves –es decir, ayer– tuvo lugar en Los Barrios una concentración ciudadana de rechazo a las agresiones ejercidas contra el profesorado en los centros docentes. Se celebró a la entrada del Instituto Sierra Luna, donde días atrás una profesora fue golpeada por la madre de una alumna. Un hecho lamentable y deplorable que, por desgracia, es calco de otros de igual índole que se repiten, no voy a afirmar que a menudo, pero sí con demasiada frecuencia, a lo largo y ancho de nuestra geografía, dentro del ámbito escolar, y que evidencian el deterioro que, en algunos aspectos, ha sufrido y sufre –recortes aparte– nuestro sistema educativo.

Analizar el fenómeno de este tipo de violencia no es posible en el espacio de lo que es un artículo periodístico sin apenas pretensiones como este. Aunque sí es posible, al menos, en las líneas que siguen señalar la que probablemente es la principal de las causas que lo provocan y que no pasa desapercibida para nadie que se interese y aproxime mínimamente al problema.

Me refiero a los cambios en la percepción de determinados valores relacionados con el civismo que se han venido produciendo en nuestra sociedad a lo largo de las últimas décadas y que han derivado en un exceso de preocupante individualismo y, sobre todo, en un alienante materialismo que desconcertaría incluso al mismísimo Marx, si viviera.

Hay quien en este debate se centra siempre en el tema de la autoridad –no sin razón– y deja de lado otros planteamientos. No obstante, yo creo que, independientemente de todas esas reflexiones que sobre el asunto puedan hacerse, el quid de la cuestión no está tanto en poner el foco sobre el respeto hacia la figura del maestro –que también– como en ponerlo sobre el respeto que la Educación en sí misma merece. Y todo ello, creo yo, como consecuencia, entre otras cosas, de las vueltas que le hemos dado y le continuamos dando al papel social que la Educación cumple o sería necesario que cumpliera.

Puede parecer que lo que acabo de apuntar poco o nada tiene que ver con el hecho de que un padre o una madre le propine una bofetada a quien se ocupa de la formación de su hijo o hija, pero lo tiene. Si la Educación, con mayúsculas, fuera vista como lo que alguna vez quizá fue, esto es, un medio para facilitar el desarrollo intelectual, físico y moral de los individuos e incentivar en ellos el amor por la sabiduría, más allá de su utilidad, y no como una mera herramienta puesta casi única y exclusivamente al servicio de la economía para formar ciudadanos productores y consumidores, que es lo que está ocurriendo, nuestros docentes serían vistos como quizá alguna vez lo fueron. Esto es, como tutores profesionales que nos ayudan en la medida de sus posibilidades a hacer de nuestros hijos personas de bien y no como una clase de sirvientes que, más que instruirlos, ha de ocuparse de atenderlos y hasta mimarlos a nuestro gusto mientras estamos ausentes.

Dicho todo lo cual, aprovecho para condenar el acto violento que mencionaba al principio y para rendir mi modesto y particular homenaje a quienes se dedican a esa noble tarea de enseñar y transmitir conocimiento a la que, como Humanidad, tanto debemos.

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