El pitufo gruñón

Dibujo de Pablo Iglesias, líder de PodemosAunque no albergo la certeza, lo tengo hoy más claro que días atrás. El PSOE debe pensárselo muy bien, pero que muy bien, antes de pactar con Podemos. Al menos con ese Podemos que lidera Pablo Iglesias. Seguir el debate de investidura me ha sido más que suficiente para alcanzar esta conclusión. Conocía ya, por su casi diaria aparición en las televisiones, de la arrogancia de este joven profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense que desde 2014 para acá se viene ofreciendo a los españoles como único y auténtico salvapatrias. Sabía, en efecto, de la soberbia y la prepotencia de este nuevo y singular actor en el teatro de la política nacional, que se nos vende como íntegro e inmaculado, como si no hubiera roto un plato nunca en su vida, y se cree mesías del pueblo, pero me pensaba que en ello había algo de pose para lograr llegar hasta donde ha llegado. Nada más lejos de realidad. Es evidente que la arrogancia, la soberbia y la prepotencia forman parte de su identidad y de su carácter. Y a mí eso en alguien que aspira a regir los destinos del país en el que vivo me produce, lo confieso, algo de yuyu. El que solía ir poniendo etiquetas de pitufo gruñón a diestro y siniestro resulta que es más gruñón que nadie.

El señor Iglesias habló el pasado jueves desde la tribuna del Congreso de los Diputados con el tono y con el talante que imagino podrían hacerlo en la antigüedad los demagogos griegos en las ágoras y los romanos en el foro. O como los agitadores de masas de la Rusia prerrevolucionaria o la Europa de entreguerras. Regañando y repartiendo zascas a todo quisqui, con la superioridad moral de quien se siente a la altura de lo divino o cuando menos por encima de lo humano. Parece no haberse enterado de que desde la fundación del Partido Socialista Obrero Español hasta hoy han transcurrido ciento treinta y siete años y desde el final de la dictadura y la transición a la democracia casi más de cuarenta. Ni parece haberse enterado tampoco de que el mundo de hoy, para lo bueno y para lo malo, no es el mundo del siglo XIX, ni siquiera el mundo del siglo XX en bastantes aspectos. Es verdad que muchos de los problemas sociales a los que se enfrenta esta Europa en la que vivimos son prácticamente similares, pero ni las circunstancias son las mismas ni las maneras de abordarlos.

Lamentablemente, la mayoría de las recetas de Podemos y compañía –algunas de las cuales puedo compartir y comparto– no sirven para el entorno globalizado en el que nos envolvemos. Igual que no sirvieron en su momento las que se aplicaron en economías dirigidas, intervenidas y planificadas desde la cúpula de estados que, al final, derivaron en peligrosamente totalitarios. Ni sirven las que se aplican en países que, aun después de la caída del muro de Berlín, todavía siguen soñando con las bondades de la implantación de una ideal y posmoderna dictadura del proletariado. Esta es la pura verdad. Y no porque lo diga yo, ni porque lo digan analistas (historiadores, sociólogos y politólogos) con mayor cualificación y conocimiento de causa que un servidor, sino porque así lo demuestran los hechos empíricos y contrastados que nos proporciona la experiencia. Está muy bien, y hasta puede ser de mucha utilidad, recrearse –filosófica e intelectualmente– analizando los motivos, pero el que consigamos detectarlos y entenderlos no cambia la historia.

Las reglas del juego están establecidas y un estado no puede modificarlas por sí solo. En todo caso, puede optar por abandonar la mesa de juego y emprender una aventura por su cuenta, pero, si lo hace, deberá atenerse a las consecuencias. ¿Significa esto que afirmo que debemos resignarnos? No, en absoluto. Pero sí que debemos ser realistas y, sobre todo, pragmáticos.

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