Cataluña: la cosa se ha salido de madre

Dibujo de Artur Mas, presidente en funciones de la Generalitat de CataluñaUstedes habrán oído más de una vez, como yo, algún que otro tópico dicho sobre la inveterada impuntualidad de los que poblamos desde tiempo ha este gran cacho de tierra llamado Península Ibérica. Seguro que en más de una ocasión habrán oído, leído e incluso pronunciado esa frase hecha respecto a nuestra secular falta de prontitud y diligencia en el quehacer cotidiano. “Los españoles lo dejamos todo para el último día y para la última hora”. ¿Para qué hacer hoy lo que podemos hacer mañana? Se diría que es la máxima que nos aplicamos como burlándonos de nuestro propio refranero. Y, desde luego, algo o mucho sigue habiendo de cierto todavía en ello. A pesar de los muchos cambios en nuestros modos y en nuestras costumbres que desde que empezamos a europeizarnos aceptamos y asumimos.
Pues eso precisamente, dejarlo todo para el último día y para la última hora, creo yo que es lo que ha hecho nuestro presidente de gobierno, don Mariano Rajoy, en lo que se refiere a la cuestión catalana. Es decir, esperar al final de su mandato al frente del Ejecutivo para coger el toro por los cuernos y afrontar el reto de la independencia. Reaccionar con demasiado retraso, como parece más que evidente, y, lo que es más grave, con escasa credibilidad y poco acierto.
Ha tenido tres años para abordar el problema, sentarse a dialogar y buscar una solución, el diseño de un nuevo marco de relaciones entre España y esta comunidad autónoma, que, no lo olvidemos, por algo ya fue señalada en nuestra Carta Magna con el eufemismo de “nacionalidad histórica” para no ser denominada como nación. Ha tenido tres años para meterle mano al asunto, pero no lo ha hecho, aun siendo consciente de que este es el mayor de los desafíos a los que el país se enfrenta, o bien porque no sabido, o bien porque no ha querido.
Por retorcido que resulte, empiezo a a alinearme con los que creen que aplazar hasta el último minuto la decisión de actuar con determinación para evitar la ruptura promovida por los secesionistas, y forzar prácticamente la situación hasta el límite, ha obedecido a una estrategia, un tanto maquiavélica, puesta en marcha por la alta dirección del PP, desde la convicción de que para este partido perder votos en Cataluña supone ganarlos en el resto de las regiones, ante unas elecciones, las del próximo 20 de diciembre, que se encaran con unas expectativas más bien pésimas.
A fin de cuentas, frente al tema de los nacionalismos, y también el del terrorismo independentista, hoy ya afortunadamente vencido, el Partido Popular no se ha distinguido por exhibir a lo largo de las últimas tres décadas mucho sentido de estado.
A mí no me extrañaría nada que los mismos que allá por mayo de 2010 pensaron que para alcanzar el poder les convenía que España se hundiera económicamente –recuérdese lo que por aquel entonces llegó a decir el tan ocurrente don Cristóbal Montoro– hayan podido pensar en estos tiempos que ahora corren que contribuir a poner en riesgo la integridad del reino y luego venderse ante la ciudadanía como los únicos y auténticos garantes de su unidad, como los únicos y auténticos salvapatrias, les puede resultar, desde el punto de vista electoral, muy pero que muy rentable.
Aunque, de ser así, mucho me temo que han cometido más de un error de cálculo y la cosa –¡ojalá me equivoque!– casi como que se les ha ido de madre.

Viva Campo de Gibraltar, 6 de noviembre de 2015

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