En Cataluña la cosa pinta bastante mal

Pugidemont y los miembros del govern recién destituido por la vía del artículo 155 de la Constitución, más la plana mayor del PDeCAT o, lo que es lo mismo, una parte de la troupe de comilones y chupópteros afectos al soberanismo catalanista de derechas, que ha medrado al socaire del régimen de la desaparecida Convergencia, cómplices por acción u omisión de las corruptelas del clan Pujol y compañía, terminaron tirándose al monte y convirtiéndose en rehenes de esos ilusos de la CUP, que presumen de antisistemas, como si ser antisistema fuera el no va más, y todos vamos a pagar las consecuencias.

Me refiero a esos friquis con pinta de roqueros de otra época que, protagonizando una especie de revival de los movimientos hippies y libertarios de los años sesenta del pasado siglo, y con el pretexto de hacer de Cataluña una especie de Arcadia Feliz, un estado de Utopía, se han empeñado en transformar la que siempre había sido la comunidad autónoma de España más próspera en una república bananera. Proyecto político, si es que de proyecto político puede hablarse, con el que Unidos Podemos, Catalunya en Comú, etcétera, etcétera, como no podía ser de otra manera, se muestran encantadísimos. Y, por supuesto, un amplio sector de la población también. Ese sector de la población que parece como abducido, que peca de ingenuidad y que, desilusionado con el status quo actual se cree el cuento de que con la Revolución de la Independencia se va a operar un milagro en sus vidas y con una Cataluña emancipada les va a ir del carajo. Hasta que la caída de la economía y el incremento del paro, como la tensión persista, les despierte de su sueño y les devuelva a la cruda realidad.

No obstante, soy de los que piensan que, con la decisión de encarcelar a casi la mitad de los consellers del ejecutivo de la Generalitat y ordenar la busca y captura de la otra mitad, la magistrada Lamela, siguiendo las directrices de la fiscalía, se ha pasado tres pueblos. Y no porque yo crea que estos personajes –representantes de las instituciones de autogobierno catalanas– que han incurrido en una irresponsabilidad supina, anteponiendo sus supuestos ideales frente al interés general de la ciudadanía, no lo merezcan, sino porque creo que la medida va a contribuir a incrementar el victimismo del que vienen haciendo gala los secesionistas y, por tanto, a darles más argumentos para defender sus tesis antiespañolas ante la opinión pública, especialmente la foránea. En definitiva, porque contribuye a complicar la situación en lugar de mejorarla.

El conflicto político generado por el nacionalismo catalán es uno de esos problemas de naturaleza latente y recurrente a lo largo de la historia moderna y contemporánea de España. Y es también un problema de tan difícil solución que hasta la fecha solo ha podido ser abordado con la aplicación de paños calientes. Solo en el marco de una integración plena de Europa la cuestión podría afrontarse desde una perspectiva diferente a la adoptada tanto por constitucionalistas como por independentistas y con mayores garantías de éxito. Puesto que la construcción de una identidad europea fuerte serviría para fortalecer los vínculos de unión entre las naciones y los pueblos de este Viejo Continente y debilitar el secesionismo. Aunque, lamentablemente, dicha integración pasa por sus horas más bajas.

No pretendo ser pesimista, pero, como resulta más que evidente, en Cataluña la cosa pinta bastante mal…

Viva Campo de Gibraltar, 10 de noviembre de 2017

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