Cambiar todo para que nada cambie

Vista de GibraltarMe ha sorprendido ver desde el 23 de junio para acá lo preocupados que se han mostrado algunos de los más destacados dirigentes políticos campogibraltareños por los efectos del “Brexit” en esta zona marcada por la presencia de Gibraltar. Pero me ha sorprendido todavía más comprobar que entre esos algunos a los que me refiero se encuentren los que precisamente menos han hecho por la fluidez en las relaciones entre la colonia británica y esta comarca y por fomentar la buena vecindad entre ambas poblaciones. Es decir, los representantes del PP.

Resulta toda una ironía que los que a lo largo de los últimos años abusaron de la política de la confrontación, los que se interesaron por cuestiones tan abstractas, inútiles y anacrónicas como las de la soberanía en lugar de por la suerte de las personas que habitan a uno y otro lado de la verja, los que jamás creyeron en el diálogo, sean ahora los primeros en rasgarse las vestiduras y ponerse a escenificar que trabajan para paliar los posibles efectos perniciosos que la salida de Reino Unido de la UE puede tener para este Campo de Gibraltar.

Sí, resulta toda una ironía que aquellos que nunca vieron con buenos ojos la integración del Peñón en el espacio Schengen y que hicieron todo lo posible por mantener una frontera divisoria entre La Línea y la Roca vengan ahora por aquí a evitar supuestamente problemas que hasta no hace mucho han estado avivando cada vez que lo han estimado oportuno para desviar la atención de la ciudadanía hacia otras cuestiones de mucho calado. Aunque, por supuesto, como campogibraltareño, vaya por delante que me alegro muchísimo de que lo hagan.

No obstante, soy de los que piensan que la amenaza de espantada de los británicos se va a quedar en eso, en poco más que una espantada. Estoy convencido de que lo que ocurrirá en los meses venideros es que se va a abrir un proceso de negociación para que los efectos prácticos de las futuras relaciones entre Reino Unido y la UE sean prácticamente similares a los efectos de las relaciones actuales todavía en vigor. Y es evidente que la elección de Theresa May como nueva inquilina de la residencia ubicada en el número 10 de Downing Street apunta en esa misma dirección, por mucho ministro euroescéptico que haya nombrado para su gabinete. A fin de cuentas, no hay nada que no se pueda arreglar hablando si existe voluntad manifiesta en las partes para ello.

A decir verdad Reino Unido como estado nunca ha pertenecido del todo al club de la Unión Europea y tampoco se ha comprometido lo suficiente con el proyecto. De manera que puede dejar de ser el socio que era e irse sin que apenas se note que se ha ido. O, lo que es lo mismo, quedarse sin que se note que se queda. La cuestión es hacer valer en este asunto la teoría “lampedusiana” –o “gatopardista”, si lo prefieren– y cambiar todo para que nada cambie.

Viva Campo de Gibraltar, 15 de julio de 2016

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